Por fin, el Camino Inglés (2017-2022)
Texto elaborado desde el 26 de mayo de 2022 …
Desde octubre de 2017 que había empezado el Camino Inglés con mi amigo y compañero Juan, tenía el reto pendiente.
Aprovechando las tardes libres durante su último curso en Ferrol habíamos empezado a caminar en el Camino Inglés, haciendo en cada tarde una etapa, o incluso un trozo de una. Un día hicimos Ferrol - Neda. Recuerdo la cara de sorpresa de la persona que atendía el Albergue de Neda cuando solo pretendíamos sellar la credencial, pero no queríamos cama. “Pero, ¿dónde van a dormir?”. “Yo, en mi casa”. Al día siguiente fuimos en coche hasta Neda para ir andando desde allí hasta Pontedeume, donde varias horas después volveríamos en el coche que habíamos dejado previamente, para volver luego a Neda en coche. Aquí encontramos, en esta nuestra segunda minietapa, la primera “tachuela” en el perfil del Camino: la subida a Laraxe. El tercer día nos dejaron en Pontedeume para enfrentarnos a la segunda “tachuela”: superar la subida común del Camino, con el camino a Breamo. Esta tercera etapa acababa en Betanzos, a las puertas del albergue donde Juan pasaría la noche, previa a continuar su camino en solitario a Santiago.
Con la credencial sellada hasta Betanzos, me volví a casa ese día en coche pensando en cuándo podría acabar mi camino. Aparqué la credencial en casa, hasta el punto de no recordar dónde la guardé. El tiempo pasó. Incluso en 2021 Juan hizo el Camino de la Vía de la Plata desde Cádiz, y tuve la oportunidad de acompañarlo en un par de etapas entre Astorga y Ponferrada, “Pisando la tierra de mis ancestros”. Al año siguiente, Juan emprendió nuevos retos: el Camino del Salvador, de León a Oviedo, por el puerto de Pajares, para a continuación seguir de camino a Santiago por el conocido como Camino Primitivo. Una vez completado, reservó tres días para, nada más y nada menos, que arrastrarme a terminar el Camino Inglés, iniciado cinco años antes.
El miércoles 25 de mayo de 2022 nos fuimos en tren a Betanzos para, a las puertas del albergue, iniciar esta primera etapa de mi segunda parte del Camino. Esta vez, como experiencia continuada cargando mochil y parando a dormir allí donde nos iban llevando nuestros pies.
Confieso que empecé más nervioso que ilusionado, sin que por ello quisiera dar la sensación de no estar ilusionado ante este reto. El temor a no poder enfrentarme a este reto hacía que Juan me repitiese “¡¿Cómo no vas a estar preparado?!”. “Estás más preparado que yo”, me decía quién acumula en las suelas de sus botas más de 100 días de camino a Santiago. Pero yo era muy consciente de que el mérito de andar el camino, desde un punto de vista deportivo, es más que hacer cuatro, cinco o seis horas de camino a cuatro kilómetros por hora, sino ser capaz de repetirlo, un día tras otro.
Salimos de Betanzos el miércoles 25 y empezamos a contarlo desde la puerta del albergue donde habíamos dejado a Juan cinco años antes. Lentamente subimos por la cuesta que nos llevaría hasta la plaza donde se encuentra la Casa do Concello, y desde allí dejarnos caer hasta la plaza Hermanos García Naveiras, donde está la oficina de turismo, en donde pusimos el primer sello de esta segunda fase del Camino Inglés. A partir de allí, me pareció complicado seguir el Camino en ciudad, pero no era difícil saber por dónde iba porque casi siempre teníamos otros peregrinos a la vista.
Tras una cuesta abajo, cruzamos un puente sobre el río Mendo (solo los que lo hemos tenido que estudiar, sabemos que la ría de Betanzos se forma por la desembocadura del Madeo y del Mendo), una carretera a continuación con un paso de peatones junto al puente y rápidamente nos desembarazamos de Betanzos para sumergirnos en una subida continua. En esa subida trabamos conversación con otro grupo de peregrinas del que ya obtengo la primera pista de una posible vuelta al Camino Inglés: partir la etapa de Bruma en dos.
Seguimos camino. La señalización del mismo es muy buena. A toro pasado de los tres últimos días hasta llegar a Santiago, solo hubo una o dos ocasiones en las que echamos de menos los mojones, monolitos, “mololitos”, o “molonitos”, pero afortunadamente se suple con flechas amarillas. Solo hay que estar atento a las señales del camino. Poco a poco, el Camino nos va regalando algunos paisajes agradables. En mi opinión hay demasiado asfalto y poco camino entre árboles. No llega a ser molesto, pero tanto asfalto no parece necesitar de calzado especializado. Hicimos la primera parada en el Mesón- Museo Xente no camino. Estratégicamente colocado junto al camino a poco más de 12 kilómetros de nuestro inicio de jornada en Betanzos, y cuando apenas llevábamos tres horas de andaina. Aquí cometí el primer error reconocido y fue no comer algo. Escatimando gramos de peso en la mochila para no sobrecargar la espalda, tampoco hubiese sido necesario en este tramo: aquí había tortilla, empanada y bocadillos. Retomamos camino después de tomar una cocacola. Al rato pasamos junto al embalse de Beche, una de las referencias que mi otro caminante de referencia, esta vez a distancia, Jose Eduardo, me había comentado. Después de Beche, cruzamos la autopista por debajo, y por primera vez. Beche quedó en el kilómetro 17, pero lo que sin duda me quedó grabado es que un kilómetro más tarde, en el 18 hay un hórreo, y pasada dicha construcción, el camino gira a la derecha para dar paso al momento más difícil de la etapa: una cuesta, dura, continua y pronunciada, que acabó con mis fuerzas y que aceleró mis ganas de acabar de una vez por todas con la etapa. Al final de la cuesta se alcanza el punto más alto del Camino Inglés y pronto aparecemos en la carretera que va de Mesón do Vento a Betanzos y que no recuerdo cuántos años hace que no transito para ir de Santiago a Ferrol. No siempre hubo autopista. Aquí el camino ya sobra. La carretera tiene cierto volumen de tráfico y alguna recta que hace que los coches no vayan despacio. Se pasa junto a una subestación eléctrica que llama la atención por su tamaño (medio kilómetro caminando a su lado). Pasada la subestación hay una cementera y a continuación se cruza la carretera para perderla de vista y acometer el último kilómetro antes de llegar a Bruma. Allí descubrimos que han puesto unas fuentes a todo lo largo del camino y que en su lado derecho tienen una placa con indicación de a cuántos kilómetros está la siguiente.
Aquí también aprendí lo importante que es escoger alojamiento no lejos del Camino. Comimos en Casa Graña. La comida estaba muy bien. El caldo gallego me supo a gloria, pero tampoco hago mucha prueba porque hubiese comido piedras. Había menú. Lo peor fue el “postre”, que después de comer aun tuvimos que caminar dos kilómetros más para llegar a nuestro alojamiento en Mesón do Vento. Llegué muy tocado. El temor previo de si sería capaz de acabar la etapa se vio sustituido por el temor de ser capaz de continuar al día siguiente. Me quedé a remojo más de una hora en la bañera. Eso, un bocata de tortilla francesa con jamón hecho con cariño en un lugar de poca capacidad, y el ibuprofeno, consiguieron que descansase más o menos bien y pudiese continuar al día siguiente.
El segundo día salí al camino con el nuevo temor pero listo para aplicar las cosas que había aprendido en la anterior jornada: tomar algo de comer por el medio, pero sobre todo, no ir a muerte. El perfil de la jornada era mucho más llevadero. A pesar de tener una distancia semejante a la de la etapa previa, el hecho de no tener subidas notables, me tuvo un poco más tranquilo en esta segunda jornada. Pasamos junto a la iglesia de San Pedro de Ardemil, para luego llegar a un bar que a la entrada tenía un enorme peregrino de piedra de 4 ó 5 metros de altura. Frente al bar hay algunas cosas peculiares, como una reproducción a tamaño casi real de un dinosaurio. Aún era pronto para parar por lo que seguimos caminando. En el entorno de Ordes, paramos a tomar algo y a sellar la credencial en el Bar O Cruceiro. Muy agradable, dos chicas jóvenes con un bar completamente lleno de peregrinos donde parecía haber una mesa dedicada a cada nacionalidad. Pura casualidad; una mesa de españoles, otra de alemanes, otra de italianos, etc. Continuamos camino para llegar a Sigüeiro no demasiado tarde. Estábamos empezando las etapas relativamente demasiado tarde (nueve y algo, Betanzos; ocho y poco, Bruma) y las etapas son lo suficientemente largas como para que la hora de la comida se retrase. Otra parroquia junto a la que pasamos fue la iglesia de San Pelayo de Buscás. Al final de la etapa, aunque no tan agotado como el día previo, estar caminando en las proximidades de Sigüeiro hace que ansíes acabar. Llegar al final de la etapa. El camino pasa a un segundo plano y solo deseas la meta. Sigüeiro llega, y el final de la segunda etapa no se parece, ni lo más mínimo a la llegada a Bruma. Sigüeiro es una villa grande. Hora de reponer fuerzas en el Cortés, y de buscar la inspiración a orillas del Tambre en una terraza maravillosa, en una tarde muy agradable, donde estas líneas empezaron a ver la luz. Las dos noches nos alojamos en establecimientos escogidos desde la web de Gronze, buscando que cumpliesen más el requisito de tener una habitación doble, con camas individuales, que la propia ubicación respecto al camino. Buen recuerdo de los dos establecimientos. Humilde el primero, pero con buen trato y disposición de cumplir con todo lo que necesite el peregrino. El segundo, más comercial, pero con igual disposición y una terraza en la ribera del Tambre, difícil de olvidar y muy recomendable para visitarla aunque el alojamiento sea en otro establecimiento. Del Cortés, que había sido una recomendación doble de Juan y Jose Eduardo, hay que decir que no decepciona. Buena disposición. Nos sirvieron a pesar de haber cerrado la cocina. Buena comida y buenos precios.
La tercera etapa nos llevaría hasta Santiago, a los pies de la Catedral. Sin prisa, con pocas ganas de madrugar, fuimos caminando kilómetro tras kilómetro. Mucho asfalto y poco bosque de los dos tercios que decían del recorrido. Es una etapa corta, al menos en comparación con las dos anteriores. “Muere” en un polígono industrial, donde después de atravesarlo, nos sumergimos en el extrarradio compostelano, sorteando calles, casi inventando un camino no tan señalado como por fuera de la ciudad. Da igual, es Santiago. La velocidad languidece. Es como si no quisiese acabar el Camino. “Y mañana ¿qué?”. Al final llegamos al Obradoiro, donde piensas que todos los peregrinos lloran emocionados. Se acaba el Camino. Es hora de pensar, de buscar nuevos retos, pero sobre todo, de pensar que lo importante no es la meta sino el camino. Y que la vida nos ofrece muchos caminos. Tantos que no siempre somos conscientes de caminarlos pero parece que siempre estamos más pendientes de terminarlos que de disfrutar del camino. Este solo ha sido uno de ellos.
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